La costa, entre Ayamonte y Punta Umbría, es llana y se resuelve en larguísimas playas en las que han ido surgiendo poblaciones relativamente modernas, plantadas sobre el mismo arenal; dunas, pinares y barras arenosas formadas por las desembocaduras de pequeños ríos y el empuje del océano Atlántico.
Algo retirada aparece Huelva, la capital, anclada entre los ríos Tinto y Odiel, y más allá comienza una inmensa playa que no acaba hasta el Guadalquivir, con el trasfondo de las marismas y del Parque Nacional de Doñana, la zona de mayor interés faunístico de Europa.
La primavera es una explosión de flores, fiestas y romerías; el invierno, tibio y soleado, atrae a esta zona a millones de aves.
Costas baja, de suaves arenas, aparecen tendidas entre las dunas y el mar. Más de 100 Km de playas luminosas abiertas al Atlántico, reguardadas por dunas fósiles que esculpen hermosos acantilados, como en El Asperillo, o acompañadas por suaves perfiles arenosos, una raya entre el cielo y el mar, como en La Antilla. Sólo conocidos ríos, Tinto, Odiel, Piedras, Guadiana y Guadalquivir rompen la gran línea costera. Sus aportes y la dirección dominante de corrientes y vientos marinos dibujan flechas litorales paralelas a la costa que intentan recomponer un paisaje siempre perdido en este límite visible del mar.
Las playas onubenses han sido, tradicionalmente, el principal y más interesante punto de destino de quienes han visitado esta provincia. No cabe duda de que estas costas, una línea de playa ininterrumpida de aproximadamente 120 Kilómetros de longitud, escoltada por un bosque de pinos siempre verde, que destaca por la bondad de su clima durante cualquier época del año y la finura de sus arenas, tienen en su profunda hermosura un atractivo de primer orden. No se encuentran fácilmente estas características en cualquier lugar y, por otro lado, la infraestructura turística formada a lo largo de esta costa es totalmente respetuosa con la conservación del medio ambiente.
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